Y cruzamos las nubes. Las dejamos atras. Y entendimos entonces porque habiamos pasado tres duros dias andando entre la mas espesa y monzonica de las nieblas, inmersos totalmente en el elemento agua, subiendo sin parar. En Kianjin Gomba, la ultima parada de nuestra ruta, a tres mil ochocientos metros de altitud, el paisaje era superlativo. Cinco, seis y siete miles se alzaban por doquier, sumidos en sus perpetuas nieves, y el cielo azul que tanto habiamos echado de menos tenyia de dorado las verdes praderas plagadas de yaks mansos y peludos.